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Miércoles, 11 de Noviembre de 2009 20:44

Telefónica o cómo robar con cierta discreción

(cuento sin moraleja posible)

La sala no es demasiado acogedora, pero sirve para trabajar en el ordenador como si te estuvieras tomando una copa en un bar de diseño. Cara a la pared y en un taburete que encontrarían incómodo hasta a mis estudiantes del taller de plástica de la Facultad, acostumbrados ellos a sufrir taburetes escasamente confortables.

Compraré una tarjeta de una hora (primer robo, ya que el coste es de más de seis euros, iva incluido…) pienso, mientras espero el tren que me llevará a Valladolid en una estación de Chamartín, casi olvidada del todo, por efecto de la de Atocha. Todo facilidades para incluir números de tarjetas y de nif, direcciones, teléfonos de contacto y demás. Un lujo de efectividad, pienso. Finalmente acepo el pago de la factura, pero cometo un error: no he tomado nota del número de tropecientos dígitos que he de incluir en la pestaña que me abre la red.

Volveré sobre mis pasos, pienso ingenuamente. Pero no. No consigo volver a la página en la que he apoquinado la pasta por más que miro el historial una y otra vez. Llamaré por teléfono, pienso, y me solucionarán el problema. Nuevo error. Cuarenta minutos, o quizás más, de conversaciones con diversos teléfonos que me proporciona la propia compañía telefónica, en los que nosotrosnonosencargamosdeeso, consiguen que pierda la paciencia.

Me dirijo al recepcionista de la sala, que me mira con cara de ovni, y me espeta un clarísimo aquí no hay red wifi que me deja a cuadros. Yo acabo de comprar una tarjeta prepago que me ha brindado la pantalla de telefónica sin ningún problema, que esa sí que funciona, luego sí que hay wifi. Estoy en Madrid, pienso. Aquí lo que no hay es playa pero no he preguntado por ella.

Total, son seis euros, pienso, con ánimo de restarle importancia al asunto. Pero me vuelvo a encender. No están los tiempos para dispendios. Llamaré a mi oficina bancaria y ahí me lo solucionarán. Nuevo error. En la sección de tarjetas de mi sucursal me explican que, al ser una cantidad tan escasa, no se puede reclamar desde la oficina que me ha expedido la tarjeta de crédito. Que tengo que llamar directamente a telefónica. Para que me tengan otros cuarenta minutos de Herodes a Pilatos telefónicos con acentos diversos, pienso. Me rindo. La culpa sin duda es mía por no haber tomado precauciones, pero telefónica me ha robado tan ricamente seis y pico euros. Son, por consiguiente, como diría algún afamado político, unos ladrones.

Lo más divertido del caso es que, en cuanto he podido conectarme a Internet, en el hotel vallisoletano en el que no me cobran nada por acceder a la red todo el tiempo que me venga en gana, me encuentro con un correo de telefónica en el que me envían el número anhelado toda la mañana, e incluso me indican que hasta los primeros días de diciembre puedo usarlo. Lo que ocurre es que no voy a estar en necesidad de conectarme en espacios dominados por la antigua compañía nacional de teléfonos antes de esa fecha, lo que equivale a decir que no usaré sus servicios y habré pagado por nada. Es decir, ladrones sí, pero con una cierta discreción.



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La verdad es me quejo por vicio. Al final telefónica ha conseguido que se me hicieran  cortas las dos horas que tenía que esperar en la estación. Casi les tendría que estar agradecido si no fuera por la cara de haba que te queda cuando te limpian tan ricamente

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