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| La importancia de la casualidad |
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| Miércoles, 30 de Septiembre de 2009 21:49 | |||||
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Hace algunos años nos trasladamos de piso. Suficientes como para haber podido olvidar la hipoteca ya. La habitación de los niños sufrió algunas modificaciones que hicieron que en el es estudio (bastante menos pijo que el ahora disfruto) aparecieran dos o tres tablex provenientes de una trasera del armario. Cuando comencé la serie Montesnegros, utilicé uno de ellos. El formato tiene bastante que ver con los paisajes viajados. Pero el concepto era otro. Se trataba de devolver al paisaje el color que le prestaron durante siglos las sabinas y las carrascas, un color suficientemente oscuro y denso como para que los actuales eriales fueran bautizados como montes negros, o Monegros, que viene a ser lo mismo.
En esta tabla, que ahora está en un restaurante de la ciudad, se pintó un paisaje con algunos árboles. Grises, ocres, amarillos... y verdes, por descontado. Una vez concluido el cuadro, una capa de negro sobre el color que ahora podemos ver en cualquier rincón de los Monegros. No se trataba de una veladura, sino de una capa lo suficientemente densa como para enmascarar completamente el color. Durante los meses que estuve pintando esa serie, los más próximos me miraban un poco extrañados. Pero el formato me comenzó a gustar. Esta pieza forma parte de la porción de casualidad en la que se basa la serie paisajes viajados
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