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Martes, 23 de Febrero de 2010 11:32 |
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PREMIOS AECA EN ARCO 2010
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Dentro de las actividades de la Asociación Española de Críticos de Arte en la feria ARCO, se procedió el pasado sábado al escrutinio de los votos emitidos por los miembros de la AECA a lo largo de los días de la Feria. El argentino León Ferrari, el español Rafael Canogar y la galería madrileña Estiarte se han alzado con los premios AECA. Miembros de la Junta directiva de la Asociación acmpañaron al presidente en la entrega de los diplomas acreditativos la tarde noche del pasado sábado.El jurado formado por todos los asociados de AECA presentes en la 29ª Edición de la Feria Internacional de Arte contemporáneo ARCO que ejercen su derecho a voto, otorgó al bonaerense León Ferrari el Gran Premio AECA al autor de la mejor obra o conjunto presentado por un artista vivo. En la imagen, el momento en que Fernando Alvira, presidente de AECA, entrega el diploma acreditativo a Jorge Mara, propietario de la galería homónima en la que se mostraba la obra de Ferrari.
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El Premio AECA a la mejor galería recayó en Estiarte (Madrid), como reconocimiento a toda una trayectoria que se ha concretado en ARCO 2010, de nuevo, con un exquisito montaje para una excelente colección de piezas.
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El tercer galardón, que reconoce al autor de la mejor obra o conjunto presentado por un artista español vivo, correspondió a Rafael Canogar, en un explícito reconocimiento a su regreso a la pintura como procedimiento.
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Martes, 23 de Febrero de 2010 03:26 |
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Leía una columna, en el viaje a Madrid, en la que uno de los popes de la crítica, en periódico de tirada nacional, garantizaba al lector una feria de arte contemporáneo menos ocurrente en el escenario espectacular del recinto ferial de la capital. El motivo era la menor cantidad de espacios expositivos que conformaban la gran feria de las galerías, a la que le han salido competidores sobre el plano madrileño, pero en la que todos apetecen estar. Lo cierto es que esa menor densidad ferial no me ha producido, a la hora de la visita, la sensación de una mayor ni menor seriedad por parte de las galerías.
Siguen abundando las ocurrencias, como siguen siendo las grandes galerías de-toda-la-vida que diríamos por aquí, las que me parece que, a la postre, mantienen el nivel de calidad de la feria con apuestas clásicas o no. Sigue suponiendo un auténtico subidón, por ejemplo, encontrar un rincón en el que conviven dos telas de formato considerable de Tapies y Saura. Y también se podía encontrar, como contrapartida, una cantidad considerable de obras llamadas de arte por galeristas y realizadores, ante las que cualquiera podía sentir la sensación de un profundo vacío.
Quizás este haya sido el ARCO que más me ha sorprendido por la cantidad considerable de ostietas que podía el visitante encontrar a lo largo del recorrido. De toda forma y tamaño. Y no solo las que los medios aprovechan para subrayar cualquiera de los aspectos del arte que pretende separar al personal de la realidad, a través de consideraciones éticas o religiosas. Si la pasada edición me pareció que la feria era un auténtico follón, y esa sensación ha desaparecido, en parte por la menor densidad de producto, la feria de 2010 me ha parecido más abundante en ocurrencias, aunque tenga que llevarle la contraria a uno de los grandes. Ello es debido, con toda probabilidad, a que la menor densidad conseguía que el espectador pudiese percibir con mayor intensidad cada rincón de los stands. Incluso cuando, como ha sido mi caso, se haya visto en la necesidad de dedicar menos tiempo a la visita. Traigo algunas muestras de pequeño formato.
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Sábado, 06 de Febrero de 2010 20:07 |
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Este es el texto final (o casi) que remití al Museo para formar parte del nuevo catálogo. El título se lo debo a mi hermano Julio. Va en color empanadico aunque no sea exactamente una crítica de arte que son las que inserto en ese color tan propio de los somontanos de la sierra de Guara.
De cómo encontrar petróleo donde ni siquiera hubo peces
Fernando Alvira.
Colaborar en la edición del tercer catálogo del Museo Nacional de Dibujo Julio Gavín-Castillo de Larrés, aparte constituir un privilegio probablemente inmerecido, no me parece una tarea demasiado sencilla. Las presentaciones de las anteriores ediciones de esta publicación, dejaron claro cuáles eran las intenciones y los retos de la puesta en marcha de un proyecto, que podía ser calificado de locos, para un pequeño núcleo pirenaico próximo a Sabiñánigo. Estas líneas deberían concluir en el momento en que se certificara que lo propuesto hace un par de docenas de años se ha visto convertido en una feliz realidad que rebasa las expectativas de los más optimistas, capitaneados por un visionario con nombre de mes veraniego. Que las intenciones son ahora mismo realidades y que los retos han encontrado su meta. La certificación de esos logros no precisaría prolongar el texto más allá del presente párrafo.
Basta una visita, una mirada ni siquiera excesivamente profunda, a la realidad en que se ha convertido el proyecto museográfico, que contó en sus inicios con las sugerencias de ese incombustible crítico de arte llamado Ángel Azpeitia, para comprender que estamos ante uno de los logros de la voluntad de uno o muy pocos individuos, dispuestos a demostrar que la cultura es uno de los más poderosos motores de progreso que nos brinda la estructura social en este periodo entre milenios. Algo que Julio Gavín, como cualquier visionario, tuvo claro a lo largo de toda su vida y que hizo necesario que el Museo Nacional de Dibujo del castillo de Larrés, en el momento en que el principal promotor de la idea nos abandonó, completara su denominación con el nombre de quien le había dado vida. Museo Nacional de Dibujo Julio Gavín-Castillo de Larrés.
La historia del museo y del edificio que lo alberga, ha sido estudiada pormenorizadamente por el propio Gavín, José Garcés y Enrique Satué a lo largo de numerosos artículos en la revista Serrablo. También Noemí López, Belén Egea, Ángel Azpeitia, Chus Tudelilla, Teresa Luesma, Jaime Esain o Ana Puyol, han aportado en diferente medida, datos e ideas sobre el proceso de conversión del castillo en el que acabaría siendo museo nacional de dibujo. La vida y la obra de Julio Gavín también ha contado con una larga nómina de autores: Javier Sauras, Manuel Baquero Briz, Fernando Solsona, Juan Antonio Cremades, Enrique Satué, Juan Rodríguez, Antonio Biescas, Peridis, Morellón, Julio Llamazares, José Antonio Duce, Carlos Iglesias, Chaime Marcuello o José María Satué, entre otros. Las líneas que siguen pretenden, si bien sea someramente, conjugar esa historia y esa vida.
Julio Gavín fue lo que normalmente se entiende como un hombre universal. Estuvo preocupado por multitud de cuestiones y trabajó en una considerable cantidad de direcciones. No hubiera tenido un lugar tan claro en el mundo al que vamos, en el que la especialización, hasta los extremos más absurdos, parece ser la única salida que se brinda a nuestros jóvenes ciudadanos. Desde su trabajo en la fábrica, fue capaz de practicar y dirigir deporte, implicarse en la vida ciudadana a través de puestos de responsabilidad en el ayuntamiento, dibujar incansablemente de todo y de muchas de las formas posibles; atender voces sabias, como la de don Antonio Durán, lo que le llevó a reconstruir edificios con sus manos y a fundar y dirigir Amigos de Serrablo hasta su muerte. Poner en marcha dos museos y seguir dibujando y provocando a los dibujantes hasta el último momento... Serrablo es denominación que ha acabado por constituir una marca que identifica toda una comarca, lejos de discusiones universitarias bastante inútiles. Así lo recordaba Juan Antonio Cremades el 19 de mayo de 2006 en la sesión extraordinaria de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de san Luis de Zaragoza, que quiso nombrarlo Académico de Honor y se trasladó al patio del Museo para constituirse. Quería la academia aragonesa reconocer su inconmensurable trabajo en favor de la propagación de las artes y la cultura en este duro país que le tocó vivir.
Un país para el que levantó un museo de artes populares que sigue siendo un referente en la etnología contemporánea, pese a algunos intentos felizmente resueltos de convertirlo en otras cosas. Un país para el que recuperó un arruinado castillo que había adquirido por una peseta, para disfrute de cuantos se acercan a Larrés. Que se ha convertido con el paso de los años en un punto de visita imprescindible para cualquiera que necesite echarle un vistazo a la historia del dibujo español del siglo XX. Pero es también un Museo que no se ha encerrado entre sus propias paredes y que ha ido más allá produciendo en el pasado, bajo la dirección de Julio, exposiciones temáticas de dibujo en diferentes espacios del territorio aragonés y que sigue en la actualidad produciendo colectivas itinerantes de obra gráfica desde sus fondos.
Solo personas como Julio son capaces de conseguir una colección como la que ahora mismo alberga el Museo Nacional de Dibujo Julio Gavín-castillo de Larrés. Por la cara, como le gustaba repetir, pudo colgar en las paredes del remozado castillo piezas de algunos de los más prestigiosos dibujantes españoles. Y cuando no hubo más remedio que invertir, cuando su bolsillo y el de sus amigos no llegaba, supo encontrar las ayudas necesarias. Con frecuencia he comentado que los agitadores culturales (que no suelen tener mucho que ver con los conocidos como técnicos culturales) no calibran demasiado las consecuencias de sus acciones. En eso se diferencian precisamente: los técnicos analizan hasta el último céntimo de sus posibles proyectos. Los agitadores los ponen en marcha y luego buscan soluciones financieras. Por ello y desde el principio, Gavín tuvo que avalar con su firma y sus bienes algunas de sus iniciativas como la puesta en marcha del Museo de artes populares de Serrablo.
Muchos de los componentes del actual catálogo del Museo de Larrés nos podrían hablar de cómo Julio consiguió, solo con su manera de ser, que uno o varios de sus dibujos llegaran a formar parte de las colecciones del Museo que ahora se recataloga en esta publicación. El Museo de Larrés podría ser considerado como la demostración de que es posible encontrar petróleo donde ni siquiera hubo peces, como me comentaba hace unos días uno de los cientos de amigos de Serrablo que acudieron hace años a la llamada de un grupo de personas que habían iniciado un proyecto impensable para un núcleo de población teóricamente destinado a no aparecer en los mapas de Europa. Que cuenta, transcurrido menos de un cuarto de siglo, con un museo único en el Estado español. Lo que lo convierte en punto de mira de los especialistas en dibujo de España, de Europa o de cualquier parte del mundo. Podríamos resumir la trayectoria de esta singular pinacoteca en la de los últimos años de un soñador que dedicó toda su vida no a buscar, sino a encontrar sueños. Algo que muy pocos consiguen y que Julio Gavín logró hasta los últimos momentos de su vida. Su preocupación por la durabilidad del proyecto fue una constante de la última conversación que mantuvimos durante una comida en casa Ruba. Mirando a través de los colores de la cristalera, sabedor de que sus posibilidades como buscador de soluciones se acababan, repetía una y otra vez la necesidad de implicación de determinadas instituciones en el Museo para posibilitar su permanencia en el Castillo de Larrés. Afortunadamente esa permanencia es una feliz realidad cuando se cumplen tres años de la desaparición de Julio. La actividad del Museo Nacional de Dibujo Julio Gavín-Castillo de Larrés es la mejor demostración de que el trabajo de su principal promotor no fue en vano. Gracias por todo, Julio.
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Jueves, 21 de Enero de 2010 11:52 |
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Fiel a la ciudad de Huesca y a la galería decana de la ciudad, la S'Art, el pintor nacido en Canfranc muestra sus últimas obras para gozo de los aficionados a la pintura pintura. En efecto Julián es uno de los que han defendido a lo largo de su trayectoria, ese sistema tan arcaico, caduco y muerto para algunos jovencitos y no tan jovencitos conocido como pintura al óleo sobre tela. Y lo ha hecho con una manera que deja templados a muy pocos. La depuración formal progresiva (Grau Santos es uno de los dibujantes más precisos del panorama del arte español contemporáneo) ha ido sistemáticamente acompañada de una no menos precisa utilización del color que maneja con evidente sabiduría, y en cuya aplicación se aproxima a los impresionistas cada día más.
Si la pintura como procedimiento ha muerto, como quisieron algunos, podemos saludar su resurrección en cada uno de los cuadros de Julián Grau Santos. Y como valen bastante las imágenes en este caso, ahí van algunas que demuestran lo que digo, pese a estar hechas con el teléfono.
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Martes, 29 de Diciembre de 2009 01:09 |
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Comentaba esta mañana con alguno de los patronos de la Fundación que promueve el CDAN, que es probable que mis comentarios sobre la pintura de Beulas sean poco objetivos. No en vano su pintura me ha interesado desde el principio, mucho antes incluso de leer las primeras críticas de Félix Ferrer en la Nueva España o en los resúmenes culturales de la revista Argensola del entonces Instituto de Estudios Oscenses. De hecho, como he escrito en alguna ocasión, cuando el profesor de paisaje en la Escuela Superior de Bellas Artes de Barcelona nos pidió que pintásemos un paisaje de memoria, perpetré un intento de copia del que cuelga todavía hoy de las paredes del hotel Pedro I, en mi ciudad. Me gustaba y me gusta, como parece que a una buena mayoría, la pintura de los inicios y me gusta la que realizó cuando coqueteó con la abstracción sin llegar en ningún caso a asumirla como manera propia. La realidad ganó en su día la batalla.
Esta mañana, durante la reunión del patronato de la Fundación Beulas, pensaba en lo impresionante que ha de ser para cualquiera estar celebrando una reunión de un patronato que lleva el nombre de uno, en el Museo que una ciudad ha levantado debido a su cabezonería y, para más inri hacerlo en el espacio museístico que en ese momento está ocuapado por una retrospectiva de su propia obra. Retrospectiva a la que, en mi opinión le sobra lo mismo que le falta, es decir, nada. Con un montaje preciosista cuando se trata de la vida del pintor y aseado cuando hay que mostrar su obra de toda una vida. Y en un espacio cuyo resumen anual de actividades es envidiable.
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Miércoles, 23 de Diciembre de 2009 07:39 |
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La satisfacción que precede se produjo como consecuencia del jurado del premio de escultura ciudad de Sabiñánigo, que lleva el nombre de un profesional que uno no acaba de entender si lo es de la escultura o de la publicidad. La sala municipal presentaba un excelente aspecto y no fue excesivamente complicado centrarse en un par de piezas que fueron el tema principal de la mañana para los miembros del jurado. Previamente se había visitado el espacio que debía ocupar la pieza seleccionada, en el que tiene una complicada competencia en la fuente que preside la rotonda.
Finalmente la seleccionada fue, probablemente la de forma más escueta entre las presentadas, pero sin duda una de las más si no la más contundente como creación tridimensional. Abiertas las plicas se pudo saber de la presencia abundante del autor en espacios públicos. Como en el resto de las artes, es la intensidad el aspecto a considerar a la hora de valorar los resultados y tanto la ganadora cuanto la finalista andaban sobradas de esa condición
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Domingo, 13 de Diciembre de 2009 10:58 |
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Camino de Oporto (una de las ciudades más caóticas en su circulación, de las no muchas que conozco), Coimbra y su universidad se ofrecen al viajero como una posibilidad de reflexión sobre la belleza. Concretamente sobre el diverso modo que tienen los edificios de envejecer. Aquellos que se han levantado apoyados en andamios de belleza, incrementan su condición de hermosos con el paso de los años y los siglos. Por el contrario, los que son fruto de la estupidez de cualquier momento en cualquiera de sus versiones, ven aumentar su despropósito inicial.
La Universidad de Coimbra, cuna de tantos saberes desde eso que los poetas llaman la noche de los tiempos (y que en realidad es apenas un segundo en la vida del hombre), tiene dos espacios perfectamente diferenciados, que envejecen a ritmos completamente diversos, y con resultados opuestos como dos puntos extremos de un diámetro bañado por el río que cruza la ciudad. La arquitectura que responde a un momento del pasado siglo en el que los gobernantes quisieron dejar constancia de su poderío, presenta toda su ostentación arruinada por el escaso paso del tiempo. Sus esculturas heroicas, necesitadas de una limpieza por fuera, pero sobre todo por dentro, son ejemplos de cómo el paso del tiempo puede hacer que algo aparentemente bello, se convierta en tan ridículo como desproporcionado.
El segundo, que atesora una suma de estilos evidentemente bellos, con varios siglos más a sus espaldas, es un espacio en el que cualquiera puede comprender que la belleza de verdad consigue que el envejecimiento solo sirva para incrementar la intensidad interior y exterior de las formas que la componen. Se podrían poner muchos otros ejemplos mucho más próximos. Pero Coimbra y su universidad me parecieron una muy buena excusa para iniciar esta reflexión: la autentíca belleza no desaparece con el paso de los días. Para ella envejecer es acercarse a su eterna juventud.
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