De cómo encontrar petróleo donde ni siquiera hubo peces
Fernando Alvira.
Colaborar en la edición del tercer catálogo del Museo Nacional de Dibujo Julio Gavín-Castillo de Larrés, aparte constituir un privilegio probablemente inmerecido, no me parece una tarea demasiado sencilla. Las presentaciones de las anteriores ediciones de esta publicación, dejaron claro cuáles eran las intenciones y los retos de la puesta en marcha de un proyecto, que podía ser calificado de locos, para un pequeño núcleo pirenaico próximo a Sabiñánigo. Estas líneas deberían concluir en el momento en que se certificara que lo propuesto hace un par de docenas de años se ha visto convertido en una feliz realidad que rebasa las expectativas de los más optimistas, capitaneados por un visionario con nombre de mes veraniego. Que las intenciones son ahora mismo realidades y que los retos han encontrado su meta. La certificación de esos logros no precisaría prolongar el texto más allá del presente párrafo.
Basta una visita, una mirada ni siquiera excesivamente profunda, a la realidad en que se ha convertido el proyecto museográfico, que contó en sus inicios con las sugerencias de ese incombustible crítico de arte llamado Ángel Azpeitia, para comprender que estamos ante uno de los logros de la voluntad de uno o muy pocos individuos, dispuestos a demostrar que la cultura es uno de los más poderosos motores de progreso que nos brinda la estructura social en este periodo entre milenios.
Algo que Julio Gavín, como cualquier visionario, tuvo claro a lo largo de toda su vida y que hizo necesario que el Museo Nacional de Dibujo del castillo de Larrés, en el momento en que el principal promotor de la idea nos abandonó, completara su denominación con el nombre de quien le había dado vida. Museo Nacional de Dibujo Julio Gavín-Castillo de Larrés.
La historia del museo y del edificio que lo alberga, ha sido estudiada pormenorizadamente por el propio Gavín, José Garcés y Enrique Satué a lo largo de numerosos artículos en la revista Serrablo. También Noemí López, Belén Egea, Ángel Azpeitia, Chus Tudelilla, Teresa Luesma, Jaime Esain o Ana Puyol, han aportado en diferente medida, datos e ideas sobre el proceso de conversión del castillo en el que acabaría siendo museo nacional de dibujo.
La vida y la obra de Julio Gavín también ha contado con una larga nómina de autores: Javier Sauras, Manuel Baquero Briz, Fernando Solsona, Juan Antonio Cremades, Enrique Satué, Juan Rodríguez, Antonio Biescas, Peridis, Morellón, Julio Llamazares, José Antonio Duce, Carlos Iglesias, Chaime Marcuello o José María Satué, entre otros.
Las líneas que siguen pretenden, si bien sea someramente, conjugar esa historia y esa vida.
Julio Gavín fue lo que normalmente se entiende como un hombre universal. Estuvo preocupado por multitud de cuestiones y trabajó en una considerable cantidad de direcciones. No hubiera tenido un lugar tan claro en el mundo al que vamos, en el que la especialización, hasta los extremos más absurdos, parece ser la única salida que se brinda a nuestros jóvenes ciudadanos. Desde su trabajo en la fábrica, fue capaz de practicar y dirigir deporte, implicarse en la vida ciudadana a través de puestos de responsabilidad en el ayuntamiento, dibujar incansablemente de todo y de muchas de las formas posibles; atender voces sabias, como la de don Antonio Durán, lo que le llevó a reconstruir edificios con sus manos y a fundar y dirigir Amigos de Serrablo hasta su muerte. Poner en marcha dos museos y seguir dibujando y provocando a los dibujantes hasta el último momento...
Serrablo es denominación que ha acabado por constituir una marca que identifica toda una comarca, lejos de discusiones universitarias bastante inútiles. Así lo recordaba Juan Antonio Cremades el 19 de mayo de 2006 en la sesión extraordinaria de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de san Luis de Zaragoza, que quiso nombrarlo Académico de Honor y se trasladó al patio del Museo para constituirse. Quería la academia aragonesa reconocer su inconmensurable trabajo en favor de la propagación de las artes y la cultura en este duro país que le tocó vivir.
Un país para el que levantó un museo de artes populares que sigue siendo un referente en la etnología contemporánea, pese a algunos intentos felizmente resueltos de convertirlo en otras cosas. Un país para el que recuperó un arruinado castillo que había adquirido por una peseta, para disfrute de cuantos se acercan a Larrés. Que se ha convertido con el paso de los años en un punto de visita imprescindible para cualquiera que necesite echarle un vistazo a la historia del dibujo español del siglo XX. Pero es también un Museo que no se ha encerrado entre sus propias paredes y que ha ido más allá produciendo en el pasado, bajo la dirección de Julio, exposiciones temáticas de dibujo en diferentes espacios del territorio aragonés y que sigue en la actualidad produciendo colectivas itinerantes de obra gráfica desde sus fondos.
Solo personas como Julio son capaces de conseguir una colección como la que ahora mismo alberga el Museo Nacional de Dibujo Julio Gavín-castillo de Larrés. Por la cara, como le gustaba repetir, pudo colgar en las paredes del remozado castillo piezas de algunos de los más prestigiosos dibujantes españoles. Y cuando no hubo más remedio que invertir, cuando su bolsillo y el de sus amigos no llegaba, supo encontrar las ayudas necesarias.
Con frecuencia he comentado que los agitadores culturales (que no suelen tener mucho que ver con los conocidos como técnicos culturales) no calibran demasiado las consecuencias de sus acciones. En eso se diferencian precisamente: los técnicos analizan hasta el último céntimo de sus posibles proyectos. Los agitadores los ponen en marcha y luego buscan soluciones financieras. Por ello y desde el principio, Gavín tuvo que avalar con su firma y sus bienes algunas de sus iniciativas como la puesta en marcha del Museo de artes populares de Serrablo.
Muchos de los componentes del actual catálogo del Museo de Larrés nos podrían hablar de cómo Julio consiguió, solo con su manera de ser, que uno o varios de sus dibujos llegaran a formar parte de las colecciones del Museo que ahora se recataloga en esta publicación.
El Museo de Larrés podría ser considerado como la demostración de que es posible encontrar petróleo donde ni siquiera hubo peces, como me comentaba hace unos días uno de los cientos de amigos de Serrablo que acudieron hace años a la llamada de un grupo de personas que habían iniciado un proyecto impensable para un núcleo de población teóricamente destinado a no aparecer en los mapas de Europa. Que cuenta, transcurrido menos de un cuarto de siglo, con un museo único en el Estado español. Lo que lo convierte en punto de mira de los especialistas en dibujo de España, de Europa o de cualquier parte del mundo.
Podríamos resumir la trayectoria de esta singular pinacoteca en la de los últimos años de un soñador que dedicó toda su vida no a buscar, sino a encontrar sueños. Algo que muy pocos consiguen y que Julio Gavín logró hasta los últimos momentos de su vida. Su preocupación por la durabilidad del proyecto fue una constante de la última conversación que mantuvimos durante una comida en casa Ruba. Mirando a través de los colores de la cristalera, sabedor de que sus posibilidades como buscador de soluciones se acababan, repetía una y otra vez la necesidad de implicación de determinadas instituciones en el Museo para posibilitar su permanencia en el Castillo de Larrés. Afortunadamente esa permanencia es una feliz realidad cuando se cumplen tres años de la desaparición de Julio. La actividad del Museo Nacional de Dibujo Julio Gavín-Castillo de Larrés es la mejor demostración de que el trabajo de su principal promotor no fue en vano. Gracias por todo, Julio.